El Mundo de la Energía
Viernes 3 Julio 2020 11:24:28 PM

En Venezuela se instauró el delivery personalizado de gasolina con el precio más caro del mundo

La mayor parte de las estaciones de servicio en Venezuela están cerradas 

Un reconocido lector de Petroguía, cuyo nombre se mantiene en anonimato, narra en este relato, que bien puede asumirse como una crónica, como en Venezuela la escasez de gasolina generó un comercio ilegal con servicio de delivery o entrega a domicilio, incluso con llenado en el propio vehículo. pero siempre y cuando se esté dispuesto a pagar el precio más elevado del mundo: no menos de 3 dólares por litro.

A continuación el texto de este testimonio;

Cualquier argumento se puede esgrimir. Que no es ético comprar gasolina a precio de lingote de oro. Que es contribuir con el negocio ilegal. Y que incluso promueve las colas interminables en las estaciones  y un larguísimo etcétera que no conciernen a este pequeña crónica que versa más bien acerca de cómo se ha montado en Venezuela un entramado de delivery de combustible semejante al de las hamburguesas con queso.
Advertido todo ello, solo resta contar entonces cómo fue que le puse gasolina a mi auto.
El jueves 21 de mayo me llamó Adela, relacionista público y amiga, para hacer como casi todos los días un repaso vía telefónica de los avatares que trae consigo ser venezolano y, de paso, vivir en Venezuela.
Claro que hablamos acerca de DirecTv. Por supuesto que hablamos del repentino subidón de casos de coronavirus. Y conversamos también del tanquero iraní "Fortune" que había partido del puerto de Bandar Abás y que en ese momento venía en camino, cargado de combustible.

“Pero no te hagas mucha ilusión, amigo”,  dijo ella sin dar tregua a mi asombro. “Leí en un artículo que la gasolina que traen es de muy bajo octanaje y, además, tú sabes que eso no es para todo el mundo”, advirtió, y su conclusión no fue otra sino que debía llamar de inmediato  a su “bachaquero de confianza” o, más atinado con estos tiempos de confinamiento y del COVID-19, a “su delivery personal”.

La frase “No deberías estar sin gasolina, no vaya a ser…”, con la cual remató su discurso, colgada además con unos hitchquianos tres puntos suspensivos, no solo sirvió para derribar en segundos mis muros éticos e ideológicos sino que fue el disparador para que decidiera levantar el teléfono y me comunicara por fin con Wilger.

Estaba ocupado, así que le dejé un mensaje de whatssapp, que me respondió cinco minutos después. “Mándame tu dirección y cuánto quieres”. Sin rodeos, para qué más.
Wilger, que es físicamente una mezcla de Bruce Willis con Carlos Montilla, como lo había descrito Adela, parece tener ya bien estructurado su negocio. Llega a tu residencia en una camioneta de lujo. Previamente ha planificado dónde va a surtir la gasolina: además de ser una práctica ilegal, muchos edificios han prohibido que se haga en sus estacionamientos o áreas comunes para evitar así alguna tragedia. “Lo más adecuado es un lugar donde nadie pueda ver lo que estamos haciendo”.

Tras el saludo de rigor, se dispone a lo que ya tiene instrumentado. Abre la puerta trasera de su camioneta y a una de las dos pimpinas o recipientes que lleva en su auto –cada una con 20 litros de 91 octanos- le introduce una pequeña manguerita con la cual va extraer el combustible en botellas de refresco de tres y dos litros. Y luego introduce el pico de la botella en el tanque del carro. Sin derramar una sola gota. Sin hacer desastres, que no estamos para botar algo.

En mi caso, me sirven solo dos tandas de botellas. Diez litros. Y a tres dólares por litro. Total: 30 billetes verdes. Un cuarto de tanque.

“Has debido echar los 20 litros”, aconseja Wilger antes de marcharse.  “Primero, porque hubiera sido más fácil: Pones la pimpina encima del carro y listo. Y segundo, porque conseguir gasolina se ha puesto cada vez más difícil. Esta viene directo de la estación que está dentro de Miraflores”, remata él con una sonrisa socarrona. “Cualquier cosa, me llamas”, se despide.
 

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PUBLICADO: 27 de mayo de 2020
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