Viernes 23 de Febrero de 2018

Petróleo y soberanía /I

La historia de la Venezuela contemporánea está ligada de forma determinante al petróleo. No se trata de que la condición natural de tener yacimientos de crudo en el subsuelo configuró una forma de ser, fue la forma como la sociedad venezolana se adaptó a la oportunidad de poseer un recurso natural que el desarrollo tecnológico de la humanidad de los últimos 100 años ha demandado como fuente prominente de energía.

El crudo no sería para nuestra sociedad lo que es hoy si no hubiesen ocurrido dos cosas. Por un lado, una demanda mundial de esa energía fósil y, por el otro, un arreglo institucional mediado por el nacionalismo petrolero.

Sobre el primero no hay mucho que decir, salvo que el próximo salto tecnológico de la humanidad ha de ser prescindir del petróleo para la salvación del medio ambiente, catapultar la existencia del ser humano y, de no cambiar las cosas en Venezuela, para nosotros significará la más absoluta desgracia.

En cuanto al segundo asunto, puede que ni siquiera hayamos comenzado a hilvanar las primeras ideas para comprender lo que hicimos con el pasado y, lo más importante, proyectar lo que debería ser nuestro futuro acorde con los retos de la humanidad y no, como es hasta ahora, cruzando los dedos para que a todos les vaya mal, en materia energética, para que entonces nuestros arreglos nacionalistas del pasado nos sigan funcionando tras casi una centuria de formulados.

Comencemos a explicarnos. Fue el nacionalismo petrolero el que hizo que normáramos institucionalmente con las compañías petroleras que vinieron hasta nuestras tierras y lagos unos permisos de explotación que pasaban por el cobro de una renta, o lo que es lo mismo, una participación en el negocio por el puro y simple hecho de que el petróleo estaba bajo el suelo patrio y, conforme a las disposiciones mineras nacionalistas que escogimos, por esa razón nos correspondía una parte de las ganancias.

Desde principios del siglo XX hasta la nacionalización del petróleo (en 1976 de manera formal y legal), todo un país les exigió a los productores de petróleo, y en consecuencia el resto del mundo consumidor de esta fuente de energía, tributos y regalías que suponíamos siempre insuficientes para acometer el desarrollo nacional por medio de las políticas públicas del Estado petrolero receptor de las divisas con que las compañías extranjeras pagaban tales impuestos.

Para el venezolano de hoy, y mucho más para el de ayer, semejante arreglo no solo era normal, sino que estaba más que justificado. A pocos de los venezolanos de las primeras décadas del siglo XX les pasaba por la cabeza un arreglo distinto.

Solo a los pioneros de La Alquitrana, y algunos otros próceres de la producción petrolera nacional, se les pudo ocurrir un esquema de relación con el petróleo que tenía que ver más con la producción que con la renta. A la mayoría de los venezolanos de entonces les parecía que vivir de la renta, como lo haría con su propia hacienda, o con la lógica concesionaria que se había puesto en práctica con ferrocarriles, lagunas de asfalto y políticas de inmigrantes, cobrar del trabajo de otros a cuenta de propietarios, no solo era lo más normal y natural, sino que se asemejaba más a lo que las élites decimonónicas habían hecho con su vida y la del país que regentaban.

El nacionalismo petrolero tuvo por variante que el terrateniente de entonces (privado y elitesco) pasó a ser público con el fin de financiar un proyecto de transformación nacional. La renta petrolera no fue para engrosar los bolsillos de los propietarios hacendados, sino para las arcas de un Estado que pretendió la modernización del país.

No será este el lugar para evaluar lo que se hizo con la renta petrolera desde que ella ocupó el lugar como primera fuente de divisas y financiamiento del gasto público (puede que a partir de 1939) hasta nuestros días, salvo por el hecho más que evidente de que probablemente nuestro proyecto nacionalista y petrolero tuvo dos períodos claramente diferenciados: uno de expansión y crecimiento, que duró hasta 1978, y otro de declive, crisis e incertidumbre, que parte de ese año hasta nuestros días.

Asdrúbal Baptista, el venezolano que más ha estudiado y explicado este fenómeno y al que la Universidad del Zulia le confirió el Doctorado Honoris Causa, ha hecho de este fenómeno no solo la piedra angular de su comprensión sobre nuestra economía e historia política, sino una invitación a que a partir de este hecho repensemos el país que tenemos.

No voy a ser yo el que pretenda resumir en los últimos párrafos de este artículo la significación de estas "dos aguas" que muestran todos los indicadores de la economía nacional. De crecimiento y prosperidad hasta 1978, para después convertirse en debacle y pauperización desde entonces y hasta el presente.

Las explicaciones son muchas, desde el cambio en el mercado petrolero internacional (tras el shock mundial de la crisis energética), hasta los propios cambios internos de una economía que tenía al menos una década requiriendo mayor diversificación económica y una evolución política que nunca tuvo lugar, sino hasta que no nos quedó más remedio.

De todo aquello que puede explicar el cambio estructural y trágico de la economía y la sociedad venezolana hay un aspecto que luce poco estudiado, pero que es trascendental para entender por qué el país era de una manera y de repente, aunque progresivamente y sin detenerse, se fue volviendo de otra forma.

El dato puede estar en la nacionalización del petróleo. No por la bobada medio racista de algunos que creen en los "genes del subdesarrollo", sino porque con ella el Estado venezolano, el gran instrumento de la modernización, el principal artífice de lo que habían sido al menos cuatro décadas de crecimiento y bienestar, se quedó sin contrapeso, sin instancia de quien cuidarse, de contraparte con quien medirse, a saber, las compañías petroleras y los estados signatarios (Departamento de Estado para más señas).

La nacionalización del petróleo, el paso último de nuestro nacionalismo, hizo que el Estado petrolero perdiera control y recato volviéndose sin quererlo contra la obra que logró, gracias al forcejeo con las compañías extranjeras, el pueblo venezolano.

La explicación de esto o de cómo hacer para defendernos de la soberanía de un Estado sin controles va para la próxima entrega.

Luis Pedro España

Fuente: El Mundo Economía y Negocios